| Los programas Multimedia Interactivos en CD ROM de HUMANET son Formativos y Educativos | Jualián María Aguilera | ![]() |
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En la Universidad de Madrid cursó filosofía en los años de la República (1931-1936), donde escuchó lecciones de Ortega, Zubiri, Gaos, Besteiro, García Morente, &c. Participó en el famoso «viaje de estudios» de 1933, y en 1934 publicó junto con Carlos Alonso del Real y Manuel Granell el libro Juventud en el mundo antiguo, dedicado a narrar aquel novedoso crucero universitario por el Mediterráneo. Militarizado
al servicio de la República, escribió habitualmente
en las ediciones de ABC y Blanco y Negro publicadas en el Madrid de
la guerra. Terminada la contienda tuvo que purgar unos meses en las
prisiones del franquismo. En 1941 aparece la primera edición
de su Historia de la Filosofía, que logró gran difusión.
En 1942 fue víctima de un famoso escándalo cuando su
tesis doctoral, dirigida por Zubiri, fue suspendida por el tribunal
correspondiente. Según se corría en ambientes clericales
católicos, la justificación para haber suspendido la
tesis la habrían encontrado en la siguiente leyenda, que veinte
años después, en 1961, todavía propalaba un canónigo
de la catedral de Oviedo, famoso por su voluntad de coronar como rey
al mismísimo general Francisco Franco: En 1948, vuelto Ortega a España, fundan el Instituto de Humanidades, en Madrid, del que Julián Marías es secretario, y motor tras el fallecimiento de Ortega en 1955. En 1949 participa en París en la Semana de los Intelectuales Católicos. En 1951 interviene en las Conversaciones de Gredos. Ese mismo año, siendo Francisco Javier Sánchez Cantón decano de la Facultad de Filosofía y Letras, pudo presentar de nuevo su tesis doctoral («La Metafísica del conocimiento en Gratry» –141 págs., T-2151–, que, entre tanto, ya había publicado), convirtiéndose en doctor por la Universidad de Madrid. Marginado de la Universidad española realizó numerosas estancias docentes en universidades norteamericanas y europeas. Fecundo escritor y conferenciante, miembro de la Real Academia de la Lengua Española desde 1964, tras la restauración borbónica fue senador por designación real entre 1977 y 1979. En 1982, cuando el papa Juan Pablo II creó el Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, fue Julián Marías el único español entonces integrante del mismo. Julián Marías viene colaborando activamente con las más altas instituciones católicas, así por ejemplo, en el encuentro «La ciencia en el contexto de la cultura humana» organizado por el Consejo Pontificio de Cultura junto con la Academia Pontificia de Ciencias (del 30 septiembre a 4 de octubre de 1991), en el simposio presinodal que se celebró en el Vaticano del 11 al 14 de enero de 1999, &c. En 1996 se le concedió,
compartido con el periodista italiano Indro Montanelli, el Premio
Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Un jurado integrado por Carlos Luis Álvarez, Adela Cortina,
José Manuel Diego Carcedo, Ricardo Díez Hochleitner,
Rodrigo Fernández Carvajal, Emilio Lamo de Espinosa, José
María Martín Patino, Hans Meinke, Nicolás Sánchez
Albornoz, Ricardo Senabre, Jesús de la Serna, Alfonso Sobrado
Palomares, presidido por Domingo García-Sabell y actuando de
secretario el párroco católico Javier Gómez Cuesta:
«en don Julián Marías Aguilera, el Jurado ha estimado
su nítida y dilatada trayectoria intelectual, prolongada a
lo largo de más de medio siglo y con una amplia proyección
cultural y académica en numerosos países. Su obra literaria
y sus aportaciones al pensamiento actual le han convertido en una
de las figuras más destacadas de la intelectualidad iberoamericana
de este siglo. A la claridad y rigor de sus libros y ensayos hay que
añadir también una amplia labor periodística
de análisis y divulgación, llevada a cabo día
tras día en múltiples medios de comunicación
nacionales y extranjeros.» ocaciones, por recuperar la palabra antigua pero vigente en su juventud: la de escritor y la de profesor. La segunda no pudo cumplirla, la primera sí, y mucho, pero a duras penas durante bastantes años. El padre estuvo en el bando republicano durante la Guerra Civil; escribía en el Abc de Madrid y en Hora de España: colaboró con Besteiro –tan ensalzado hoy por los socialistas y por casi todo el mundo–, hasta su rendición y aun después. Al terminar la contienda, fue denunciado por su mejor amigo y por un profesor de arqueología que luego reinó en su cátedra durante largos decenios (el supuesto amigo también obtuvo la suya más adelante, en Santiago, y aún se las dio de izquierdista). Pasó un tiempo en la cárcel y pudo ser fusilado. Fue juzgado cuando lo que había que demostrar era la inocencia; tuvo suerte, y algún bendito testigo al que cuando el juez le espetó: "Oiga, le recuerdo que usted ha sido llamado como testigo de cargo", tuvo el valor de contestar: "Ah, yo creía que se me había llamado para decir la verdad". Pudo salir, pero se encontró con la hostilidad y el veto del régimen victorioso. Por razones políticas le fue suspendida la tesis en 1942, no pudo ser doctor hasta 1951, año en el que por fin se le permitió publicar artículos en la prensa diaria. Cuando la cátedra de su maestro Ortega hubo de cubrirse en 1953, un influyente miembro del Opus escribió que si el padre llegaba a ocuparla la consecuencia sería clara y funesta: nada menos que "la República". El padre no opositó. Se sabe que cuando fue propuesto para la Real Academia, Franco se lamentó con estas palabras: "Es un enemigo del régimen, pero no puedo hacer nada. Sobre la Academia no tenemos control directo". Cuando amainó la ira y se pudo pensar que el padre se incorporara por fin a la Universidad, él no estaba dispuesto a solicitar el certificado de adhesión al régimen que por fuerza obtuvieron cuantos sí se incorporaron a ella; todos, también los legendarios héroes que fueron expulsados más tarde. ¿Qué ocurría con los compañeros de generación mientras tanto, durante la guerra y la victoria? Algunos han muerto ya y otros están vivos y son muy celebrados: unos con justicia, otros sin tanta. Todos fueron cambiando, unos pronto, otros tardíamente. Algunos reconocieron sus debilidades o equivocaciones del pasado; otros las ocultaron; algunos hasta las negaron y tergiversaron, biografía-ficción debería llamarse el género. No importa mucho hoy día. Pero en los años treinta y cuarenta y cincuenta sí importó bastante. Y así, mientras al padre le pasaba cuanto vengo contando, el otro filósofo tildaba en un libro de "jolgorio plebeyo" a la República y ocupaba el saneado puesto de delegado de Tabacalera en una provincia; el novelista eximio se ofrecía como delator y luego recibía alguna condecoración franquista; el poeta, el humanista, el filólogo, el otro novelista: todos de Falange, colaboradores del diario Arriba, o rectores de Universidad, o intérpretes entre Franco y Hitler; fue ministro quien luego pudo defender al pueblo, tuvo cargos institucionales el historiador que lanzó soflamas en plena guerra contra "los tibios". Nadie les ha pasado cuentas, y está bastante bien que así sea. La etapa democrática los ha jaleado y los considera maestros. Lo serán sin duda, de sus disciplinas. Mientras tanto el padre republicano y vetado ha sido más bien ignorado por esta etapa democrática, por los herederos de Julián Besteiro. No ha tenido reconocimientos oficiales, igual que en tiempos de Franco. Ni siquiera un mísero Premio Nacional de Ensayo, que se ha otorgado hasta a autores noveles con obras más bien escolares. Nada de esto es grave, no creo que al padre le importe mucho. Pero el hijo ha tenido que escuchar muchas sandeces en boca de imbéciles y de malvados. En otro periódico ha escrito una semblanza pacífica. El hijo se disculpa por hacer hoy público en este su resentimiento.» Javier Marías, El País, 16 de junio de 1994.
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