Los programas Multimedia Interactivos en CD ROM de HUMANET son Formativos y Educativos Jualián María Aguilera


Filósofo católico español discípulo de José Ortega y Gasset. Nacido en Valladolid el 17 de junio de 1914, falleció en Madrid el 15 de diciembre de 2005.

En la Universidad de Madrid cursó filosofía en los años de la República (1931-1936), donde escuchó lecciones de Ortega, Zubiri, Gaos, Besteiro, García Morente, &c. Participó en el famoso «viaje de estudios» de 1933, y en 1934 publicó junto con Carlos Alonso del Real y Manuel Granell el libro Juventud en el mundo antiguo, dedicado a narrar aquel novedoso crucero universitario por el Mediterráneo.

Militarizado al servicio de la República, escribió habitualmente en las ediciones de ABC y Blanco y Negro publicadas en el Madrid de la guerra. Terminada la contienda tuvo que purgar unos meses en las prisiones del franquismo. En 1941 aparece la primera edición de su Historia de la Filosofía, que logró gran difusión. En 1942 fue víctima de un famoso escándalo cuando su tesis doctoral, dirigida por Zubiri, fue suspendida por el tribunal correspondiente. Según se corría en ambientes clericales católicos, la justificación para haber suspendido la tesis la habrían encontrado en la siguiente leyenda, que veinte años después, en 1961, todavía propalaba un canónigo de la catedral de Oviedo, famoso por su voluntad de coronar como rey al mismísimo general Francisco Franco:

«...salió de los tórculos –¡claro está!– de la Editorial "Revista de Occidente". Algunos habrá que den a ésta por fenecida. ¿No murieron –se dirán– El Sol, Crisol... y demás "compañeros de viaje", que fraguaron la horrenda y sin igual catástrofe de nuestra Patria? ¿Y cómo –añadirán– no se ha cegado ya esa fuente venenosa y "fatídica" (¡basta su solo nombre!) que sigue aún manando ponzoña?... Lo ahora dicho extiéndase al orteguiano "Instituto de Humanidades", que, según parece, subsiste aún, dirigido por Julián Marías. Precisamente en el ABC (del 25 de agosto de 1959) a Marías se le llama "profesor de Humanidades". Pero no crea el caro lector que se trata de "Humanidades clásicas", pues en éstas don Julián debe de andar aún muy flojo, máxime en las latinas. Digo esto, porque en cierta ocasión –no muy lejana– el señor Marías hubo de hablar sobre la Suma Teológica de Santo Tomás; y como su pericia en la sabia lengua del Lacio no llegaría siquiera a lo elemental, no utilizó o no pudo utilizar el texto latino de la Summa, sino que se acogió a una traducción francesa de la misma. Saben los medianamente doctos que el Doctor Angélico en el Prólogo de esa gran obra maestra dice que la escribe "ad eruditionem incipientium": "para enseñanza de los principiantes" de los que comienzan el estudio de la Teología. El texto galo, pues, vierte: "pour... les commensants"; pero don Julián, confundiendo esta última palabra con "commersants", tradujo y dijo: que Santo Tomás había escrito la Suma "para enseñanza o uso de los comerciantes" (!!). Ello vino causando la regocijada hilaridad de no pocos. Según dicho diario madrileño (fecha "ut supra") el señor Marías salió hacia la India para dar unas conferencias. Estuve por mandar un telegrama "en sánscrito" a los sutiles indios, concebido en estos términos: "Orteguianas doctrinas [de] don Julián [están] menos perfiladas que las [de] Buda. ¡Ortega niega [hasta el] Nirvana búdico! Salúdales Loredo, antiorteguiano ovetense". Postdata: "el señor Marías les hablará en latín..., el de la Suma". En fin... ¡Oh! qué de ficción y bambolla existe en este pícaro mundo... de las "conferencias".» (Cesáreo Rodríguez y García-Loredo –Canónigo de la S. I. C. B. M. y Profesor de la Universidad de Oviedo–, El «esfuerzo medular» del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo, Imprenta La Cruz, Oviedo 1961, págs. 332-333, nota 148.)

En 1948, vuelto Ortega a España, fundan el Instituto de Humanidades, en Madrid, del que Julián Marías es secretario, y motor tras el fallecimiento de Ortega en 1955. En 1949 participa en París en la Semana de los Intelectuales Católicos. En 1951 interviene en las Conversaciones de Gredos. Ese mismo año, siendo Francisco Javier Sánchez Cantón decano de la Facultad de Filosofía y Letras, pudo presentar de nuevo su tesis doctoral («La Metafísica del conocimiento en Gratry» –141 págs., T-2151–, que, entre tanto, ya había publicado), convirtiéndose en doctor por la Universidad de Madrid. Marginado de la Universidad española realizó numerosas estancias docentes en universidades norteamericanas y europeas. Fecundo escritor y conferenciante, miembro de la Real Academia de la Lengua Española desde 1964, tras la restauración borbónica fue senador por designación real entre 1977 y 1979.

En 1982, cuando el papa Juan Pablo II creó el Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, fue Julián Marías el único español entonces integrante del mismo. Julián Marías viene colaborando activamente con las más altas instituciones católicas, así por ejemplo, en el encuentro «La ciencia en el contexto de la cultura humana» organizado por el Consejo Pontificio de Cultura junto con la Academia Pontificia de Ciencias (del 30 septiembre a 4 de octubre de 1991), en el simposio presinodal que se celebró en el Vaticano del 11 al 14 de enero de 1999, &c.

En 1996 se le concedió, compartido con el periodista italiano Indro Montanelli, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un jurado integrado por Carlos Luis Álvarez, Adela Cortina, José Manuel Diego Carcedo, Ricardo Díez Hochleitner, Rodrigo Fernández Carvajal, Emilio Lamo de Espinosa, José María Martín Patino, Hans Meinke, Nicolás Sánchez Albornoz, Ricardo Senabre, Jesús de la Serna, Alfonso Sobrado Palomares, presidido por Domingo García-Sabell y actuando de secretario el párroco católico Javier Gómez Cuesta: «en don Julián Marías Aguilera, el Jurado ha estimado su nítida y dilatada trayectoria intelectual, prolongada a lo largo de más de medio siglo y con una amplia proyección cultural y académica en numerosos países. Su obra literaria y sus aportaciones al pensamiento actual le han convertido en una de las figuras más destacadas de la intelectualidad iberoamericana de este siglo. A la claridad y rigor de sus libros y ensayos hay que añadir también una amplia labor periodística de análisis y divulgación, llevada a cabo día tras día en múltiples medios de comunicación nacionales y extranjeros.»

«El Padre. No está bien que sea yo quien escriba este artículo. Es poco elegante que el padre hable del hijo o el hijo del padre. Pero el padre cumple ochenta años el 17 de junio y el hijo ha tenido que oír en su vida demasiadas sandeces en boca de imbéciles o de malvados. En este país casi nadie recuerda nada; de los que recuerdan; muchos falsean; y los que no tienen edad simplemente no saben. Además, en la literatura y el cine hay tradición de hijos justicieros, o vengativos o rencorosos. No me importa hacer por una vez ese papel. Este es un artículo, así pues, rencoroso, como podrían serlo los que escribieran los vástagos de otros republicanos, fuera cual fuese la profesión de sus padres.
Este padre tenía seguramente dos v

ocaciones, por recuperar la palabra antigua pero vigente en su juventud: la de escritor y la de profesor. La segunda no pudo cumplirla, la primera sí, y mucho, pero a duras penas durante bastantes años. El padre estuvo en el bando republicano durante la Guerra Civil; escribía en el Abc de Madrid y en Hora de España: colaboró con Besteiro –tan ensalzado hoy por los socialistas y por casi todo el mundo–, hasta su rendición y aun después. Al terminar la contienda, fue denunciado por su mejor amigo y por un profesor de arqueología que luego reinó en su cátedra durante largos decenios (el supuesto amigo también obtuvo la suya más adelante, en Santiago, y aún se las dio de izquierdista). Pasó un tiempo en la cárcel y pudo ser fusilado. Fue juzgado cuando lo que había que demostrar era la inocencia; tuvo suerte, y algún bendito testigo al que cuando el juez le espetó: "Oiga, le recuerdo que usted ha sido llamado como testigo de cargo", tuvo el valor de contestar: "Ah, yo creía que se me había llamado para decir la verdad". Pudo salir, pero se encontró con la hostilidad y el veto del régimen victorioso. Por razones políticas le fue suspendida la tesis en 1942, no pudo ser doctor hasta 1951, año en el que por fin se le permitió publicar artículos en la prensa diaria. Cuando la cátedra de su maestro Ortega hubo de cubrirse en 1953, un influyente miembro del Opus escribió que si el padre llegaba a ocuparla la consecuencia sería clara y funesta: nada menos que "la República". El padre no opositó. Se sabe que cuando fue propuesto para la Real Academia, Franco se lamentó con estas palabras: "Es un enemigo del régimen, pero no puedo hacer nada. Sobre la Academia no tenemos control directo". Cuando amainó la ira y se pudo pensar que el padre se incorporara por fin a la Universidad, él no estaba dispuesto a solicitar el certificado de adhesión al régimen que por fuerza obtuvieron cuantos sí se incorporaron a ella; todos, también los legendarios héroes que fueron expulsados más tarde.

¿Qué ocurría con los compañeros de generación mientras tanto, durante la guerra y la victoria? Algunos han muerto ya y otros están vivos y son muy celebrados: unos con justicia, otros sin tanta. Todos fueron cambiando, unos pronto, otros tardíamente. Algunos reconocieron sus debilidades o equivocaciones del pasado; otros las ocultaron; algunos hasta las negaron y tergiversaron, biografía-ficción debería llamarse el género. No importa mucho hoy día. Pero en los años treinta y cuarenta y cincuenta sí importó bastante. Y así, mientras al padre le pasaba cuanto vengo contando, el otro filósofo tildaba en un libro de "jolgorio plebeyo" a la República y ocupaba el saneado puesto de delegado de Tabacalera en una provincia; el novelista eximio se ofrecía como delator y luego recibía alguna condecoración franquista; el poeta, el humanista, el filólogo, el otro novelista: todos de Falange, colaboradores del diario Arriba, o rectores de Universidad, o intérpretes entre Franco y Hitler; fue ministro quien luego pudo defender al pueblo, tuvo cargos institucionales el historiador que lanzó soflamas en plena guerra contra "los tibios". Nadie les ha pasado cuentas, y está bastante bien que así sea. La etapa democrática los ha jaleado y los considera maestros. Lo serán sin duda, de sus disciplinas.

Mientras tanto el padre republicano y vetado ha sido más bien ignorado por esta etapa democrática, por los herederos de Julián Besteiro. No ha tenido reconocimientos oficiales, igual que en tiempos de Franco. Ni siquiera un mísero Premio Nacional de Ensayo, que se ha otorgado hasta a autores noveles con obras más bien escolares. Nada de esto es grave, no creo que al padre le importe mucho. Pero el hijo ha tenido que escuchar muchas sandeces en boca de imbéciles y de malvados. En otro periódico ha escrito una semblanza pacífica. El hijo se disculpa por hacer hoy público en este su resentimiento.» Javier Marías, El País, 16 de junio de 1994.

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