«Apóstol
y esclavo de los negros para siempre», estas palabras con
que tantas veces ha sido panegirizado, son, exactamente, el resumen
de su vida y de su obra. Desde muy joven no soñó otra
cosa que la evangelización de los negros, y a ellos consagró
toda su actividad
apostólica, bautizando a unos trescientos mil.
Nació en Verdú,
en el año 1584. Verdú era entonces un pueblecito ya
muy conocido. Situado en los llanos de Lérida, se hacía
notar por su activismo agrícola, a pesar de contar con no
muchos centenares de habitantes; y habían salido ya de él
personas brillantes: virreyes, condes... El día 26 de junio
de aquel año comenzaba allí su vida un personaje más,
sin duda el más conocido, después, en la historia
de la comarca.
Quinto hijo de Pedro
Claver y Juana Corberó, campesinos acomodados y de sangre
ilustre (la de los Requesens), el futuro Santo tiene una niñez
sin ninguna trascendencia. No han acompañado su nacimiento
signos extraordinarios, como leemos en el de otros Santos, y hasta
pasada su adolescencia nada notable acontece en su vivir visiblemente
monótono y hogareño. Una vez más comprobamos
que la santidad no está preparada nada más que para
aquellos que tienen un nacimiento rodeado de prodigios o un ambiente
de personas y gestas admirables. La santidad es la realización
en nosotros de la figura de Jesucristo, con perfección heroica.
Y ella se logra en la lucha cotidiana sobre sí mismo y frente
a los obstáculos; y es alcanzada por todo el que se lo propone,
pues nunca falta y siempre se brinda al alma, generosamente, la
ayuda de Dios.
A sus diecinueve años
comienza Pedro Claver su carrera eclesiástica, animado y
hasta, al parecer, incitado por sus padres, tal vez deseosos de
verle ocupar un día la canonjía que en Solsona regenta
un tío suyo. Sin embargo, pocos años después,
y seguidos unos cursos en la Universidad de Barcelona, entra en
la Compañía de Jesús. Destinado a Mallorca,
encuentra allí a San Alonso Rodríguez, el bondadoso
portero del colegio de Monte Sión, que, en sus charlas piadosas,
va alimentando su espíritu misional, va fomentando sus ideales
evangélicos, va encaminándolo hacia América...
Claver se entusiasma cada día más con las perspectivas
que le pone ante los ojos el humilde varón...
Ordenado sacerdote en
20 de marzo de 1616, pide una y otra vez a sus Superiores que lo
dejen partir para el Nuevo Continente, que atrae sus ansias y cree
él que ha de ser el campo de su apostolado. Las negativas
se suceden. r_1 insiste respetuosamente, dándonos un ejemplo
de obediencia bien entendida. Y por fin, consigue el permiso. Es
entonces —el día 3 de abril de 1622— cuando pronuncia
y firma Claver las palabras que arriba registramos y que habrán
de ser su consigna: «Esclavo de los negros para siempre».
Y con esta contraseña y divisa, tan apostólica, se
embarca para las tierras americanas.
Todas sus actividades
se desarrollan en Colombia: dos años en Santa Fe de Bogotá,
uno en Tunja y treinta y ocho en Cartagena. En aquellos tiempos,
la trata de negros era uno de los espectáculos más
deprimentes de la humanidad.
Arrancados de África,
eran transportados como mercancía en el fondo de los barcos,
donde morían muchas veces más de dos tercios de los
que viajaban. Mal alimentados, desnudos, atados con argollas, eran
presa de la viruela negra y de toda clase de enfermedades.
Aterrorizados por la
idea de que los llevaban para hacer aceite de sus cuerpos, eran
vendidos en trata pública al llegar el barco a alguna de
las ciudades de América. De esto, hace sólo tres siglos...
Y ante este panorama,
la actuación de Pedro Claver es la de un avanzado a su época.
Avanzado en mentalidad, avanzado también por el camino que
traza a las generaciones futuras.
Pedro Claver espera los
barcos en el puerto, alimenta a los negros que llegan sin fuerzas,
cura a los enfermos. Intenta comprar a los que puede y a los que
nadie quiere. Bautiza a los moribundos. Y cuando sus manos se resisten
a cuidar las llagas más repugnantes, saca el cilicio y la
disciplina y se somete a sus efectos hasta que sangra; después,
besa las purulencias de los apestados.
Es el padre de los negros,
de los negros en esclavitud, de los abandonados por enfermos o por
inútiles... A una pobre mujer aislada en una alta choza,
a causa del nauseabundo olor que despide, la visita tres o cuatro
veces por día, durante varios años. Y así,
a no pocos casos semejantes acude.
Como ha adquirido fama
de santo, algunas damas que se consideran virtuosas van a él
para confesarse; y a veces las damas virtuosas tienen que esperar
a que pasen todos los negros, que están formando cola para
recibir su absolución y sus consejos.
En Cartagena, Claver
es acusado de infectar las iglesias con sus negros, con el olor
de sus negros. Casi todos los ricos y poderosos de la ciudad le
desprecian. Pero él no se inmuta. Se ha trazado un camino
y piensa seguirlo hasta la muerte.
En 1650 se declara en
la población una peste. Los más atacados por su virulencia
son, precisamente, los negros. Claver se desvive, va de un lado
para otro, ejerciendo sus ministerios, socorriendo a todos en lo
posible y en todas formas. Pero, al fin, sucumbe también
él y cae víctima de una parálisis rara, desconocida.
Es la última prueba que Dios le deparaba. Ya no puede visitar
a sus enfermos... y sus enfermos se olvidan de él.
Pedro Claver pasa cuatro
años abandonado de todo el mundo, sin poderse mover. Los
mismos que están en torno suyo lo maltratan. Y con paciencia
imponente lo resiste todo, porque cree merecer aquello como castigo
de Dios por sus pecados.
El día 6 de septiembre
de 1654 corre por la ciudad una noticia: el Padre Claver se está
muriendo. Y es entonces cuando empiezan a surgir de nuevo cuantos
le deben la vida o la fe, todos aquellos a quienes él en
otros tiempos favoreció.
La estancia del Padre
Pedro se llena de negros y de blancos. De todas partes acude gente
que lo quiere ver, que lo quiere oír por última vez,
que quiere tocar sus manos. Así dos días. Al octavo
del mes, languidece el Santo irremediablemente y su alma se evade
del peso de su cuerpo para ir a gozar de la bienaventuranza eterna.
¡Había cumplido setenta años!
Los prodigios que subsiguieron
a su tránsito fueron enseguida innumerables. Y parecía
haberse hecho sensible a todos el reguero de luz dejado por su santidad
y su obra. Sin embargo, su canonización no tiene lugar hasta
el año 1888, en que S. S. León XIII lo eleva al honor
supremo de los altares, junto con su gran amigo de la juventud,
el portero de Monte Sión, San Alonso Rodríguez.
Frente a los desvíos
del racismo, que aún hoy perduran, la contemplación
reflexiva de Pedro Claver, de ese magistral apóstol que se
pasó largos años hablando, cantando, riendo y llorando
con los negros, y santificándolos con su ministerio, de ese
formidable trabajador que no tiene parangón en la historia
misional, puede ser un excelente estimulante para los cristianos
que quieren serlo de veras.