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Para aclarar sus dudas frente al papel del cristianismo en la historia

Entre los 498 mártires beatificados, dos eran obispos; 24 sacerdotes diocesanos; 462 religiosos; un diácono; un subdiácono; un seminarista y siete laicos. La gran mayoría eran españoles (salvo cinco) y tenían entre 20 y 30 años en el momento de su martirio. Respecto a las fechas de su muerte, dos tuvieron lugar en octubre de 1934; 489 sufrieron el martirio en 1936 y siete fueron martirizados en 1937.


La persecución religiosa en la España de 1.936

Persecución hasta julio de 1936

La República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. La Iglesia actuó desde el primer momento con lealtad al nuevo orden legal. Sin embargo, desde la proclamación de la Segunda República Española a la Iglesia Católica se la identificó con el viejo régimen. La Iglesia Católica, sin embargo, se esforzó desde el primer momento en aceptar el cambio de régimen. De hecho, los obispos pidieron a los católicos que aceptaran el nuevo orden constituido; los Obispos proclamaban, monarquía y república caben en la doctrina católica (1). Muchos de los católicos intentaron colaborar sinceramente con el nuevo régimen. Desde los obispados se dieron instrucciones a los sacerdotes para que no intervinieran en cuestiones políticas. Por ejemplo, desde el Obispado de Gerona se dirige la siguiente instrucción a los sacerdotes apenas cuatro días después de la proclamación de la República:

1º Procuren los reverendos sacerdotes no meclarse en contiendas políticas, a tenor de los sagrados cánones.

2º Permanezca cada uno en su puesto, cumpliendo celosamente las funciones propias de su cargo; y en cuanto a la predicación, eviten las alusiones directas o indirectas al estado actual de cosas, desempeñando ese importante ministerio con la más exquisita prudencia.

3º Guarden con las autoridades seculares todos los respetos debidos y colaboren con ellas, por los medios que les son propios, en la prosecución de sus nobles fines (2).

Ejemplos como el anterior se pueden citar prácticamente de todos los lugares de la geografía española (3). Sin embargo, menos de un mes después de la proclamación de la Segunda República Española existieron episodios de anticlericalismo, como la quema de conventos e iglesias ocurrida el 11 de mayo de 1931 (4). En este lamentable episodio se acusó al gobierno republicano de connivencia (5). Hasta tal punto, que el general Gómez García Caminero, gobernador militar de Málaga, llegó a enviar un telegrama a Madrid que indicaba escuetamente:

Ha comenzado el incendio de iglesias. Mañana continuará (6).

También se expulsó de España a los jesuitas a raíz de la Constitución de 1931, que preveía la disolución de “aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado” (artículo 26, párr. 3). La disolución se llevó a cabo el 24 de enero de 1932. Los jesuitas optaron en su inmensa mayoría por el exilio de su país (7).

Durante la llamada Revolución de Asturias de 1934 uno de los objetivos de los sublevados fueron los religiosos. En esta ocasión la saña anticlerical llegó a las consecuencias más graves, pues fueron asesinados varios religiosos. Entre ellos destacan los nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón.

Especialmente agitado fue el periodo entre febrero y julio de 1936, en el que -en medio de grandes desórdenes de todo tipo que el gobierno no zanjó- se destruyeron o profanaron 411 iglesias y hubo más de 3000 atentados graves de carácter político y social (8)

La persecución religiosa durante la guerra civil
Durante la Guerra Civil hubo en España represión en la retaguardia de ambos bandos; en el caso de la zona republicana, los católicos fueron identificados con la población desafecta. Desde el 18 de julio de 1936 (fecha alzamiento militar de los sublevados) hubo un estallido revolucionario en la zona republicana. La Iglesia Católica se convirtió en esa zona en uno de los enemigos a los que había que eliminar. Así, Andrés Nin, dirigente del partido revolucionario POUM, proclamaba en un mitin llevado a cabo el 8 de agosto de 1936 que habían resuelto la cuestión religiosa:

Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto.

Prácticamente desde el mismo 18 de julio de 1936 el culto católico debió suspenderse y los ciudadanos católicos hubieron de pasar a la clandestinidad. Entre ellos, era más precaria la situación de los eclesiásticos (obispos, sacerdotes y religiosos). Muchos de ellos iniciaron una huída de refugio en refugio, con gran riesgo de sus vidas y de las personas que les acogían. Había que ser muy valiente para acoger en casa a un sacerdote o a una monja y no todos se prestaban a ello.

Milicianos disparan al Sagrado Corazón en el Cerro de los ÁngelesLa persecución no fue homogénea ni en el tiempo ni en el espacio en la retaguardia republicana. La mayoría de los martirios se produjeron en 1936 y primeros meses de 1937. Especialmente trágico fue el verano de 1936. Desde principios de 1937 disminuyó el número de muertes, aunque hubo un repunte durante la retirada del ejército republicano tras la caída del frente de Cataluña: así, Anselmo Polanco, obispo de Teruel, y Felipe Ripoll, su vicario general, murieron el 7 de febrero de 1939 en Pont de Molins (Gerona), cerca de la la frontera francesa, a menos de dos meses del final de la guerra. En cuanto a la distribución espacial, en el País Vasco la Iglesia Católica pudo desarrollar su actividad casi con total normalidad (9), mientras que por el otro lado la persecución se cebó en Madrid, Valencia, Aragón y Cataluña. La diócesis más castigada fue la de Barbastro, en la que fueron asesinados el 90 por ciento de los sacerdotes, incluido el obispo: tenía entre 110 y 120 sacerdotes, y fueron asesinados casi en centenar; al acabar la guerra, solo tenía 12 sacerdotes (10).

Las cifras son difíciles de dar, pero se calcula que pudieron ser 10.000 los mártires de la persecución religiosa durante la guerra civil, incluyendo tres mil seglares, en su mayoría pertenecientes a la Acción Católica. Hay registrados cerca de 7.000 con nombres y apellidos (11). Estos datos hacen que la persecución religiosa se haya llegado a considerar la peor persecución religiosa en toda la historia. En este sentido, Antonio Montero Moreno:

En toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos.

También el historiador británico Hugh Thomas:

En ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado.

Y Stanley G. Payne:

La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa. (12)

Se dieron episodios de gran crueldad y de verdadero sadismo; así, hubo casos en que las víctimas fueron quemada vivas, terriblemente mutiladas antes de morir o sometidos a verdaderas torturas psicológicas (13). También hubo quienes fueron arrastrados por coches. Hubo casos en que se entregó el cuerpo de una persona asesinada a los animales para que lo comieran. Incluso hubo una auténtica cacería de presos (14).

También es preciso señalar lo que algunos llaman ''el martirio de las cosas''. Desde el primer momento se asaltaron iglesias y conventos quemando imágenes y expoliando los bienes artísticos. Se destruyeron unas 20.000 iglesias -entre ellas varias catedrales- incluyendo su ornamentación (retablos e imágenes) y archivos (15).

Se ha afirmado que estas matanzas se debieron a una explosión de ira popular, tras el levantamiento de parte del ejército el 18 de julio. El investigador catalán Jordi Albertí, que se define catalanista y creyente, afirma que la persecución fue planificada: las planificaron los comunistas libertarios, es decir el partido anarquista (la FAI) y su sindicato, la CNT. Otros grupos de la izquierda fueron cómplices en distinta medida -especialmente entusiastas los comunistas-, o bien se inhibieron con omisiones culpables. Según este investigador: “¿pueden unos descontrolados matar 70 curas al día, que era la media de agosto de 1936?” (16)

Desde principios de 1937 el gobierno republicano intentó dar al mundo la imagen de la normalización de la vida civil, incluyendo el aspecto religioso. Entre otras medidas se incorporó al gobierno un católico, Manuel de Irujo Ollo: este personaje era dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera en los dos Gobiernos de Francisco Largo Caballero (septiembre 1936-mayo 1937), y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín (desde el 18 de mayo de 1937). En una reunión del gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937, presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución religiosa:

La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:

a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.

b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.

c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.

d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.

e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo -los organismos oficiales los han ocupado en su edificación obras de carácter permanente.

f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos.

g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.

h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda.

A pesar del hecho de contar con un ministro católico, el gobierno republicano no cortó con la persecución. Durante toda la guerra civil, en la retaguardia republicana la Iglesia debió vivir en la más absoluta clandestinidad. No se celebró ni una sola Misa pública ni se restauró el derecho a la libertad religiosa. Los enfermos católicos que veían acercarse el final de sus días no podían llamar a ningún sacerdote, ni se podía contraer matrimonio. Nadie se atrevía ni siquiera a poseer una imagen religiosa. Incluso se llegó a sustituir la fórmula de despedida (“adiós”) por expresiones menos comprometidas con el hecho religioso, como “salud”.

Entre muchos testimonios sobre estos aspectos, se puede citar uno procedente de un representante diplomáticos. El embajador de Francia en Barcelona, Erik Pierre Labonne, protestante, profundamente religioso y gran entusiasta de la causa republicana envió el 16 de febrero de 1938 un extenso informe a su ministro de Asuntos Exteriores. Se lamentaba de que "la actitud de la España republicana en materia religiosa fuera una verdadera paradoja" y explicaba así la situación que había encontrado:

¡Qué espectáculo!... desde hace cerca de dos años y después de afrentosas masacres en masa de miembros del clero, las iglesias siguen devastadas, vacías, abiertas a todos los vientos. Ningún cuidado, ningún culto. Nadie se atreve a aproximarse a ellas. En medio de calles bulliciosas o de parajes desiertos, los edificios religiosos parecen lugares pestíferos. Temor, desprecio o indiferencia, las miradas se desvían. Las casas de Cristo y sus heridas permanecen como símbolos permanentes de la venganza y del odio. En las calles, ningún hábito religioso, ningún servidor de la Iglesia, ni secular ni regular. Todos los conventos han sufrido la misma suerte.

Monjes, hermanas, frailes, todos han desaparecido. Muchos murieron de muerte violenta. Muchos pudieron pasar a Francia gracias a los meritorios esfuerzos de nuestros cónsules, puerto de gracia y aspiración de refugio para tantos españoles desde los primeros días de la tormenta. Por decreto de los hombres, la religión ha dejado de existir. Toda vida religiosa se ha extinguido bajo la capa de la opresión del silencio. A todo lo largo de las declaraciones gubernamentales, ni una palabra; en la prensa, ni una línea.

Sin embargo, la España republicana se dice democrática. Sus aspiraciones, sus preocupaciones políticas esenciales, la empujan hacia las naciones democráticas de Occidente. Su Gobierno desea sinceramente, así lo proclama, ganar la audiencia del mundo, hacer evolucionar a España según sus principios y siguiendo sus vías. Como ellas, se declara partidario de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia, de la libertad de expresión. Hace mucho tiempo ha aceptado el ejercicio del culto protestante y del culto israelita. Pero permanece mudo hacia el catolicismo y no lo tolera en absoluto. Para él el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el libre ejercicio del culto. El contraste es tan flagrante que despierta dudas sobre su sinceridad, que arrastra el descrédito sobre todas sus restantes declaraciones y hasta sobre sus verdaderos sentimientos. Sus enemigos parecen tener derecho a acusarle de duplicidad o de impotencia.

Como su interés, como infinitas ventajas le llevarían con toda evidencia a volverse hacia la Iglesia, se le acusa sobre todo de impotencia. A pesar de sus denegaciones, a pesar de todas las pruebas aducidas de su independencia y de su autonomía, se le cree ligado a las fuerzas extremistas, a los ateísmos militantes, a las ideologías extranjeras. Si fuera verdaderamente libre, se dice, si su inspiración e influencias procedieran efectivamente de Inglaterra o de Francia, ¿cómo ese Gobierno no ha atemperado el rigor de sus exclusivismos, olvidando su venganza, y reniega de su ideología?

La Carta colectiva de los Obispos españoles de 1 de julio de 1937
El 1º de julio de 1937 los Obispos españoles que vivían en zonas libres de la persecución consideran conveniente escribir una carta colectiva a los episcopados el mundo entero. En ella explican lo sucedido en España hasta el momento, haciendo hincapié en la persecución que estaba teniendo lugar en España (17). En esta carta los Obispos se declaran partidarios del “movimiento nacional”, que es el nombre con el que entonces se conocía a los alzados con el general Franco (18).

Esta carta se debe entender en sus circunstancias. En el momento en que se escribe se había producido la muerte de 80 por ciento de las víctimas de la persecución (es decir, unas 8.000 personas) y la destrucción prácticamente del 100 por ciento del patrimonio eclesiástico en zona republicana, mientras que en la zona bajo control de los alzados la Iglesia Católica tenía casi total libertad. Quien se extrañe de que la Iglesia se declare partidaria del triunfo de las tropas de Franco demuestra una gran ingenuidad. Nadie desea que triunfe quien te persigue hasta la exterminación total. No fueron los Obispos los que apoyaron a Franco en la guerra civil, fue la República quien echó a los Obispos a la causa de Franco por simples razones de supervivencia.

Así lo declaran los Obispos en la misma Carta: afirman que “a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella” la Iglesia no podía ser indiferente por “el sentido de conservación”. La Iglesia no quiere comprometerse incondicionalmente con el régimen que se instaure, ni apoya sus excesos: “la Iglesia, con ello, no ha querido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en el porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones o fines” (19).

Hay autores que explican la persecución religiosa por el carácter revolucionario de los acontecimientos en la retaguardia republicana durante 1936. De hecho casi todos los investigadores aceptan que en el lado republicano la calle estaba dominada por los revolucionarios hasta 1937. Los gobiernos de la República a partir del 18 de julio de 1936 nunca se formaron como fruto de acuerdos entre fuerzas parlamentarias, sino a resultas de quién dominaba la calle en cada momento. Solo hasta principios de 1937 el gobierno logró contener algo a las fuerzas revolucionarias, pero los gobiernos que se formaron no lo fueron como resultado de una vida parlamentaria ordinaria. De hecho, es admitido que en el seno del bando republicano estallaron varias "guerras civiles" internas. Estos autores no advierten la contradicción que supone aceptar que se estaba produciendo una revolución en el bando republicano, y criticar a la Iglesia por apoyar al gobierno del general Franco en la Carta colectiva del 1º de julio de 1937. Si los alzados el 18 de julio de 1936 no tenían la legitimidad de las urnas, tampoco la tenían los gobiernos del bando republicano. De hecho -como ya se ha señalado- en la retaguardia republicana nunca hubo libertad religiosa y hubo mártires durante toda la guerra civil. Los gobiernos republicanos de la época más "tranquila" tampoco garantizaron la libertad religiosa.

Beatificaciones y canonizaciones
Una vez acabada la Guerra Civil se localizaron los restos de los mártires, y fueron exhumados y trasladados con gran recogimiento y solemnidad desde el lugar donde se encontraban a sus lugares de entierro definitivo. Además, se recogieron en todas las diócesis testimonios de los asesinatos y se iniciaron algunos procesos de beatificación. En la fase romana de estos procesos, sin embargo, fueron paralizados. Tanto Pío XII como Juan XXIII y Pablo VI prefirieron dilatar la apertura de beatificaciones para no abrir heridas aún no cicatrizadas en España. Bajo Juan Pablo II se consideró que ya había pasado tiempo suficiente. La primera beatificación fue la de las mártires carmelitas de Guadalajara, muertas el 24 de julio de 1936, que realizó Juan Pablo II en Roma el 29 de marzo de 1987. Hasta el momento se han realizado 10 ceremonias de beatificación, que incluyen a 471 mártires, de los que 4 son obispos, 43 sacerdotes seculares, 379 son religiosos, y 45 laicos.

También ha habido varias ceremonias de canonización, las de los nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón muertos en 1934, otro religioso de la misma orden asesinado en Tarragona en febrero de 1937, y Pedro Poveda Castroverde, fundador de la Institución Teresiana, asesinado en Madrid el 28 de julio de 1936. Esta última canonización fue en la Plaza de Colón de Madrid (junto con tros cuatro nuevos santos) por Juan Pablo II. Asistieron más de 1,5 millones de personas.

El 28 de octubre de 2007 está prevista la beatificación de 498 mártires. Se hacen previsiones de 2 millones de peregrinos.

La Congregación para las Causas de los Santos (órgano de la Santa Sede) lleva diez años trabajando estas causas de mártires. Además, sus procesos de beatificación se iniciaron batantes años antes (muchos en la década de 1950), y se recogieron testimonios en la mayoría de los casos en los años inmediatos al fin de la guerra. Con estos datos queda refutada la tesis de que esta beatificación masiva es la respuesta de la Iglesia a la Ley de Memoria Histórica (20).

Críticas a las beatificaciones de mártires de la guerra
Se han formulado críticas a las beatificaciones y canonizaciones de mártires de la guerra civil. Como resumen de ellas, se puede citar la que pronuncia un hispanista como Ian Gibson, que afirma que la Iglesia debe pedir perdón por sus acciones, a raíz de la negativa de Monseñor Rouco Varela, que abrió el proceso de beatificación de varios de los mártires de la Guerra Civil, de pedir perdón por la guerra civil:

Yo lamento los asesinatos de los curas, porque estoy contra la pena de muerte, pero la Iglesia fue la que sembró la semilla del odio y la violencia. Tienen la obligación de pedir perdón y no son capaces. Son menos humildes que su propio jefe, el Papa; son cobardes y traicionan el mensaje de Cristo (21).

Estas críticas se deben enmarcar en la tesis de una Segunda República Española como gobierno de plenas libertades y plenamente democrático, agredido por la reacción de derechas el 18 de Julio de 1936. La Iglesia sería, en este caso particular, un cómplice de ese asalto a la democracia destruida, y por lo tanto parte responsable y criminal del inicio de la Guerra Civil.

Sin embargo, no hay constancia alguna de que los religiosos se dedicasen a sembrar odio y violencia (nadie ha aportado hasta ahora apoyo documental alguno), sino que más bien fue el odio sembrado contra la Iglesia durante el período 1931-1936 el que alentó a las masas durante el estallido violento de 1936-1939. Ello por no hablar de la complicidad del gobierno o de los partidos que lo apoyaban al menos por omisión en estos lamentables hechos.

Los representantes de la Iglesia indican que con las beatificaciones la Iglesia busca fomentar el espíritu de reconciliación (22). En el Mensaje Vosotros sois la luz del mundo sobre la beatificación de 498 mártires, aprobado por la Conferencia Episcopal de España, se afirma que “los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación” (23).

Se ha acusado a la Iglesia de fomentar actitudes nostálgicas respecto al régimen del general Franco. Algunos añaden que la Iglesia es la única institución que todavía hace homenajes a los caídos del bando franquista. Como ya se ha visto, los católicos eran perseguidos por ser católicos y los sacerdotes y obispos tuvieron exquisito cuidado en no intervenir el asuntos políticos. No cayeron por apoyar el bando franquista, sino por ir a Misa o rezar el Rosario. Esta airmación es válida en general, pero no se debe olvidar que la inmensa mayoría murió a los pocos días o semanas de iniciarse la guerra. No es fácil decir que quienes se debieron esconder el 18 ó 19 de julio de 1936, y murieron antes de finalizar ese mes, apoyaron al bando franquista. Quienes hacen estas afirmaciones no aportan ningún dato (una declaración de alguno de ellos, una homilía, una carta pastoral o alguna otra prueba) de que los mártires hubieran apoyado a Franco alguna vez.

Rendir homenaje a los mártires no es apoyar el régimen del general Franco, y menos aún sus excesos o la represión de retaguardia o la que hubo después de la guerra civil. Algunos partidos políticos y ayuntamientos actuales rinden homenaje a los caídos del bando republicano, y eso no implica que apoyen con ello la persecución de curas y monjas y demás excesos republicanos. No es mucho pedir que traten igual a la Iglesia Católica y a los mártires de la guerra civil. Rendir homenaje a los mártires de la guerra civil es rendir homenajes a unos hombres y mujeres sencillos que se convirtieron en héroes porque defendieron sus creencias y su derecho a la libertad religiosa con sus vidas.

Notas
(1) Así, el Cardenal Pedro Segura, Primado de España, en una Carta Pastoral del 30 de abril de 1931: "podéis discutir noblemente cuando se trate de la forma de gobierno de nuestra noble nación" en Antonio Montero Moreno, ''Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939''. BAC, Madrid, 1999, p. 24.

(2) Instrucción del gobernador eclesiástico de Gerona a todos los sacerdotes de la diócesis en el Boletín Oficial de la diócesis del 18 de abril de 1931, en Antonio Montero Moreno, ''Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939''. BAC, Madrid, 1999, p. 24.

(3) El Cardenal Pedro Segura, Arzobispo de Toledo y Primado de España, en la Pastoral ya citada en la que indicaba que los católicos pueden discutir sobre el régimen político, advierte del peligro de anarquía que -en su opinión- había; además, elogió el sistema monárquico anterior. Algún autor ve en ello los inicios de la hostilidad hacia el nuevo régimen republicano, y afirman que esta pastoral encendió los ánimos de la multitud que el 11 de mayo incendió iglesias. Dicen que el 10 de mayo desde un local monárquico sonó la Marcha Real hacia la calle, lo cual fue una provocación que degeneró en los sucesos del día siguiente. En este sentido, Manuel Tuñón de Lara, Tres claves de la Segunda República. Alianza Editorial S.A. Madrid 1985, p. 233. No nos detenemos a argumentar esta visión tan particular. Es un insulto a la inteligencia atribuir la exaltación de las masas a una provocación de un cardenal porque emitió su opinión varios días antes; semejante postura indica incluso una falta a la libertad religiosa porque insinúa que los eclesiásticos no deberían dar su opinión. Más aún pretender que el sonido de un himno desde una ventana provoca a las masas al día siguiente a quemar decenas de iglesias, cuando en el momento de sonar el himno no pasó nada. Peor aún es esta postura porque se ha demostrado la inoperancia del gobierno, como se ve más abajo.

(4) En Madrid se quemaron 10 iglesias o centros de religiosos, y hubo asaltos frustrados a otros 16. Hubo quemas también en Valencia, Sevilla, Málaga, Córdoba, Cádiz, Murcia y Alicante. Además de las pérdidas materiales en los edificios, hay que lamentar la destrucción de valiosas obras de arte: solo en Madrid se perdió una urna de plata repujada que contenía los restos de san Francisco de Borja; un Lignum Crucis procedente de la casa ducal de Pastrana regalo del Papa; el sepulcro del siglo XVI del teólogo Diego Lainez, primer discípulo de San Ignacio de Loyola; un retrato del fundador de la compañía de Jesús pintado por Sánchez Coello y un Zurbaran. Se perdió la biblioteca de la residencia de los jesuitas, con más de 80.000 volúmenes, entre ellos incunables irremplazables y primeras ediciones de las obras de Lope de Vega, Quevedo, Calderón o Saavedra Fajardo. También se quemó, en el Instituto Católico de Arte e Industrias, la biblioteca del centro, formada por más de 20.000 volúmenes, entre los que se encontraban ejemplares únicos de la Germaniae Historica y el Corpus Inscriptorum Latinarum, además de toda la obra del paleógrafo García Villada, formada por más de 40.000 fichas y sus correspondientes fotografías de archivos de todo el mundo. La suma de ambas bibliotecas representaban el mayor patrimonio bibliográfico en España después de la Biblioteca Nacional. En otras ciudades también se quemaron importantes obras artísticas e históricas.

(5) Miguel Maura, ministro de la Gobernaciónen el momento de suceder estos hechos, reconoció la pasividad del gobierno: discurso en el Cine de la Ópera el 10 de enero de 1932. Citado por J. Tusquets, Orígenes de la Rvolución española, Barcelona 1932, pág. 105 y ss.

(6) Citado por Francisco Narbona, La quema de conventos. Publicaciones Españolas, Madrid 1954, p. 17. Este mismo ordenó personalmente a los bomberos que habían acudido a sofocar el incendio de la casa de los jesuitas en Málaga que se retiraran, y luego dio la misma orden a los guardias civiles que acudieron. Los bomberos asistieron impotentes al incendio del edificio y la iglesia aneja. Fue tal el escándalo al conocerse estos hechos que el general Gómez García Caminero y el gobernador civil, ausente durante esos hechos, fueron destituidos.

(7) Sin embargo, a lo largo de los cinco años de régimen republicano pudieron volver gracias a cierta tolerancia. Sus actividades no pudieron realizarse sino en privado. Hay 114 jesuitas entre los mártires de la guerra.

(8) Cfr. Carta Colectiva de los Obispos españoles de 1 de julio de 1937, n. 4º. Omitimos otras alteraciones del orden político de este periodo, como asaltos a medios de comunicación, sedes de partidos políticos, etc., y las graves irregularidades que se cometieron en las elecciones de febrero de ese año que llevaron al Frente Popular al gobierno.

(9) Hubo sacerdotes vascos muertos por la represión franquista, pero fue por razones políticas. Se ha dado el número de 16 sacerdotes muertos

(10) En Entrevista a Vicente Cárcel Ortí .

(11) En Conferencia Episcopal Española y Mártires de la fe en la Guerra Civil Española.

(12) Las tres citas en La Razón Española. Las cifras que da Monseñor Antonio Montero Moreno han sido corregidas por investigaciones posteriores.

(13) Por poner algunos ejemplos, Carmen García Moyón fue quemada viva en Torrent (Valencia) el 30 de enero de 1937; Plácido García Gilabert fue terriblemente mutilado y matado el 16 de agosto de 1936; a Carlos Díaz le obligaron a cavar su propia tumba y le enterraron vivo en el cementerio de Agullent (Valencia), devolviéndole medio muerto al día siguiente a su casa, en Onteniente. A los pocos días vuelve a ser detenido y es fusilado. Todos estos ejemplos en Vicente Cárcel Ortí, Mártires del siglo XXI. Cien preguntas y respuestas, p. 101-109, Valencia 2001.

(14) Martín García García, párroco de Los Santos de la Humosa (Madrid) fue llevado a la cercana población de Corpa donde recibió varios tiros. Quedó gravemente herido, y al advertir que aún vivía fue atado a un vehículo y arrastrado por las calles del pueblo. Murió a consecuencias de estas heridas; era el 25 de julio de 1936. Apolonia Lizárraga, general de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, fue asesinada en la cárcel de San Elías de Barcelona. Su cuerpo fue descuartizado y arrojado a los cerdos. En Azuaga el 30 de agosto de 1936 ataron entre ellos a 21 presos; fueron soltados en un descampado y abatidos como piezas de caza mientras huían. De ellos varios eran sacerdotes. Las tres referencias en Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939. BAC, Madrid 1999, p. 63). Renunciamos dar más ejemplos de la crueldad con que se realizaron los martirios para no caer en afán morboso, pero es fácil encontrarlos si se lee la causa de beatificación de estos mártires.

(15) En La Iglesia y la guerra civil. Sobre Cataluña, el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys, fue entrevistado a finales de agosto de 1936 por una periodista de L'Oeuvre; al ser preguntado sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: "¡Oh!, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas".

(16) Jordi Albertí, El silenci de les campanes, la persecució religiosa durant la guerra civil, edicions Proa, Barcelona 2007. Se puede ver un resumen de las tesis de este libro en Forumlibertas .

(17) La Carta colectiva da la cfra de 6000 sacerdotes asesinados, lo cual ahora sabemos que es ligeramente exagerado. Era verdaderamente difícil en aquella circunstancia hacer un recuento exacto de víctimas. De hecho, la misma carta debe calificar las cifras de “prematuras”: Carta colectiva, n. 6. Se da la circunstancia de que uno de los Obispos firmantes fue Monseñor Anselmo Polanco, que sufrió el martirio en 1939. Su ciudad, Teruel, cayó en manos de las fuerzas republicanas en enero de 1938; previamente a la caída fue advertido por quienes evacuaban la ciudad del peligro que corría si no se iba, pero prefirió seguir la suerte de sus diocesanos. Murió el 7 de febrero de 1939. Por cierto, fue el único de los trece obispos muertos que fue llevado a juicio. No murió como aplicación de la sentencia -no se llegó a dictar- sino como consecuencia de una de las temibles “sacas de presos”.

(18) “Hoy por hoy no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas derivan que el triunfo del movimiento nacional”: Carta colectiva, cit., n. 5.

(19) Carta colectiva, cit., n. 5.

(20) Conferencia Episcopal Española, dossier informativo sobre la beatificación de 498 mártires del siglo XX en España, pág. 3 y 4.

(21) En Miguel Ángel García Olmo, «Reflexión de un 14 de Abril –en el 70º Aniversario de la II República Española–», artículo en El País, (Edición de Valencia) 12/03/2001

(22) En este sentido, Entrevista al padre Juan Antonio Martínez Camino, sobre la prevista beatificación de 498 mártires.

(23) Mensaje Vosotros sois la luz del mundo ante la beatificación de 498 mártires.

Artículo relacionado: La Iglesia y la libertad religiosa
(Beatificación de 498 mártires de la guerra civil española).

 

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ORGANIZACIONES ECLESIALES

España busca quitar CRUCIFIJOS

El anuncio del ministro de Justicia, Francisco Caamaño, de la intención del Gobierno español de prohibir la presencia de los símbolos religiosos en los centros educativos públicos a partir del otoño ha provocado la movilización en Facebook.

Con este motivo se ha creado el grupo "Sí al crucifijo", que en el momento del cierre de esta edición contaba con algo menos de 700 usuarios en la red social, poco después de haber sido creado.

"La señal de la cruz es el signo universal del amor y de la paz", dicen los promotores en Facebook.

El grupo es promovido por la página web de la revista Ecclesia.

 

       
     

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